Bajo la noche estrellada.

Una historia de amor y vida en verano.




Me despierto, como cada mañana, sin alarma. Lo hago desde que tengo memoria, no es algo nuevo. Mi madre dice que lo saqué de mi abuelo Mateo, con quien comparto nombre y pasión por el arte y por su hija Isabel, mi madre.


Abro los ojos y lo primero que hago es mirar el reloj digital que tengo en la mesilla de noche, junto con mi libro "Cartas a Theo", el cual leo a veces antes de dormir. En él, Van Gogh le manda cartas a su hermano Theo, un reconocido marchante de arte, contándole qué tal le va por el sur de Francia y explicándole los nuevos paisajes que está pintando y qué técnicas está usando para ello.


Pienso en la de cosas que le pasaron al pobre Vincent.


No duro yo ni dos telediarios en esa situación.


Me levanto y voy al baño, que está en mi propio cuarto. Los primeros rayos del sol del día entran por la ventana, yendo a parar directamente al suelo de madera, que cruje a cada paso descalzo que doy al ir al baño.


Me lavo la cara, hago pis –no por ese orden– y me quedo un pequeño rato mirándome. No demasiado, hay poco que ver.


Tengo calor. ¿Qué vamos a dejar para agosto? –pienso.


Salgo del cuarto de baño, me asomo al cuarto de mi madre, todo está bien, y sigo mi camino, bajando las escaleras hasta la cocina. Preparo un café. Me gusta cómo suena la cafetera al calor del fuego.


Pongo dos tazas encima de la mesa, aunque no sé para qué.


Me sirvo el café calentito. Lo tomo solo, sin leche y sin azúcar. Es o eso o estar durmiéndome por las esquinas en un par de horas.


Me siento en la mesa de madera que tenemos en la cocina. Miro por la puerta de cristal que da al jardín. Veo a Lucas, mi perro, jugar con su vieja pelota de tenis. Llevará con esa pelota no sé cuanto tiempo y no se cansa.


Miro a la izquierda y veo el salón, me gusta verlo iluminado por los primeros rayos de sol del día. Es una luz bonita, le queda bien.


Me levanto con el café en la mano y voy hacia allí, donde encima de la chimenea, presidiendo, está una extraña versión de "La noche Estrellada", que mi madre adquirió en Arlés un verano. Me gusta observarla a veces, me gusta lo poco y lo mucho que se parece a la obra original de Van Gogh.


Pienso en mi madre, que hace muy poquito que se fue. En realidad pienso a diario en ella, en qué estaría haciendo, qué cuadro estaría pintando con su viejo y desgastado peto vaquero.


Sonrío, pero me da pena.


Me dejó con la palabra en la boca –siempre pienso.


Sigo observando el cuadro.


Miro encima de la mesa, donde suelo dejar el correo. Algo de publicidad, alguna factura y la carta a la que no paro de darle vueltas desde que me llegó ayer. Qué es eso tan importante y por qué no me llaman por teléfono. Supongo que para poder añadir la foto que venía.


En ella salgo con mi abuelo, él sentado con su sombrero y un vaso de vino, conmigo en brazos, en la bodega de Antoine, su mejor amigo. Mi abuelo con una sonrisa que casi se sale de la fotografía. A la bella imagen, que me sacó unas lágrimas, le acompañaba unas escuetas palabras escritas a mano:


“Querido Mateo:

Te sorprenderá que te escriba así, de repente. No creo que te acuerdes de mí, pero soy Pauline, la hija de Antoine Mauron, tu padrino. Tu abuelo, el cual era mi padrino y como si fuera mi abuelo, y mi padre, fueron mejores amigos y buscando entre sus cosas encontré algo que quizás te gustaría ver.

Sería interesante si pudieras venir al pueblo, tengo algo que te pertenece”


Avenida Mirabeau nº36.

Saint-Rémy-de-Provence, Francia."



Vuelvo a dejar la carta en la mesa tras mirar, por enésima vez desde que llegó, la foto con mi abuelo. Lo que me habría gustado conocerle más –pienso.


Me quedo mirando el cuadro de nuevo, pensando si ir o no. ¿Qué haría mi madre? o mejor aún, ¿qué me diría ella?



 

Me he divertido, como pocas veces he hecho creando algo, escribiendo "Bajo la noche estrellada". En ella, Mateo, un tipo al que le he cogido un cariño supremo, trata de volver a una rutina que ya no va a volver igual que antes, tras fallecer su madre después de una dura enfermedad.


Le llega un día una carta que le conecta con su pasado, con sus orígenes, con un Mateo que creía olvidado.


Se va, claro que se va –si no, qué sentido tendría el libro– al pueblo donde nació, aunque estuvo poco tiempo. Al pueblo donde su abuelo y su madre se fueron y pasaron tanto tiempo.


Mateo se va a divertir, va a llorar, va a beber vino francés, va a conocer a Paulinne y va a hacer justo lo que su madre le hubiera dicho que hiciera:


"Como decía tu abuelo: Soy así de feliz porque no tengo a Isabel a mi lado –su mujer– que, si no, lo sería infinitamente más".


Bajo la noche estrellada es una historia de amor y de vida en verano, donde vas a divertirte, quizás emocionarte, llevarte bien con algunos personajes, quererlos a ratos y que, sobre todo, creo que te hará mucha compañía.


Larga vida a las historias de verano.


Curro Suárez.


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