Para eso están los ratitos al sol.





Vamos de puntillas por el pasillo, a oscuras, dando leves pasos por el suelo, casi levitando, para no despertar a los demás, como si eso importara. Casi como quien parece que va a robar en su propia casa, casi como quien parece que va a robar en su propia vida.


Qué desperdicio el vino que no se huele antes de beberlo, el mar que no te da frío en los pies antes de comerte, la arena que no quema antes de llevarte a la orilla. Qué desperdicio el cuadro que no se aprecia en silencio, el gol que no te deja afónico. Qué desperdicio la vida que se merodea, aquella donde se anda de puntillas, donde no se baila sin música, aquella que no te parte en dos constantemente, te recompone y te recuerda que el sentido de todo es que nada tenga sentido.



El poder que tiene un ratito al sol, al menos en mi caso, tiene pocos rivales. La vida va deprisa, corre, muchas veces, más rápido que nosotros mismos, y nos cuesta alcanzarla, por mucho que estiramos la mano sentimos que la vida sigue a otra velocidad.


Qué desperdicio la vida que se merodea, aquella donde se anda de puntillas, donde no se baila sin música, aquella que no te parte en dos constantemente, te recompone y te recuerda que el sentido de todo es que nada tenga sentido.

El ruido de la calle; las sirenas de las ambulancias, qué habrá pasado, los pitidos de los coches; los grupos de Whatsapp ardiendo, oye dime algo ya, para saber si reservo o no la mesa; ¿llamaste al médico?; la incidencia por las nubes, qué drama, mi compañera de trabajo tiene un hermano que ha dado positivo y estuve con ella ayer. Anoche no pude dormir, me duele la cabeza, ¿seré positivo?; esto lo necesito para hoy con urgencia. Y así, gota a gota se va llenando tu vaso de manera casi imperceptible. Una, otra, otra...


Hasta que te das cuenta.


Y el vaso rebosa.


La vida nos devora, nos provoca, quiere vernos estallar, pero ¿y qué? la medicina a eso no es correr a más velocidad que ella, adelantarla por la derecha no es una posibilidad, no vas a poder por mucho empeño que le pongas. A veces, la solución a todo podría ser buscar el efecto contrario.


La calma, la lentitud, el sosiego.


Como cuando conduces con niebla.


El otro día bajaba de Madrid a Sevilla en coche con Ana. Nos encanta cantar en el coche, me gusta la calma de un viaje largo. Nos pasamos bastante rato escuchando el nuevo disco de Leiva. Yo ya lo he escuchado varias veces, pero ella aún no y quería que lo hiciera. Me dijo la que más le gustaba: Diazepam. La suerte de coincidir.


Después nos cansamos, pasamos por un rato de silencio, de larga charla hablando de importantes tonterías y un ratito de radio. Me gusta la radio en el coche porque me recuerda a mis viajes en familia cuando íbamos camino de Almería, con mis hermanos, mi abuela y mis padres.


La nostalgia y sus cosas.


A Ana y a mí nos cogió un banco de niebla importante. Ana me pidió aminorar la velocidad. El coche de justo delante nuestra se dejó adelantar, para tener alguien que le guíe. Ese fui yo. Hasta ahora me guiaba él a mí, y yo estaba tan feliz.


Lo tuve que adelantar casi por fuerza mayor, el tipo fue bastante listo, y yo bastante tonto.


Habría sido bastante cómico ver a los dos ir bajando la velocidad hasta casi pararnos, bajarnos del coche y charlar. "Venga, va, dale tú".


Lo tuve que adelantar y no se veía nada. Las largas, cuando hay un banco de niebla, tienen justo el efecto contrario, te incomodan. Y el problema se soluciona con calma, despacio acabas saliendo.


Calma.


Todo pasa.


Puede que la vida sea un viaje por una carretera con niebla.


Los ratitos al sol te salvan de acabar estrellando el coche contra el quita miedos. Mi ratito al sol fue la radio, la música y Ana diciéndome que en primavera deberíamos hacer algún viaje.


La vida, la mía, consiste en buscar ratitos al sol de manera permanente, donde sea.


Que mientras las sirenas de las ambulancias no paraban, veía un señor comprando flores en el puesto de la esquina. Los coches pitaban, porque un perro se coló en la carretera, para alertar a los demás conductores que no lo atropellen. Los grupos de Whasapp ardían porque volvió un amigo que vive fuera y todos deseábamos sentir el dulce placer de un reencuentro.


Y así, paso a paso, se van abriendo grietas por donde entra la luz.


La luz de los ratitos al sol.


 

Y en eso consistirá el proyecto que lanzo en 2022: "Un ratito al sol" mi newsletter semanal, la cual pretendo que sea un pequeño universo, que vaya más allá de una lectura semanal.


De momento, empezaremos así, una charla semanal entre nosotros, quizás con algún invitado más, que quiera decirnos cuáles son sus ratitos al sol. Pero irá evolucionando, girando, en constante movimiento.


Aquí os dejo el enlace para suscribiros, será gratuita.


Vamos paso a paso:



Empezaremos el sábado 8 de enero. Y así, cada sábado, charlando en un ratito al sol.


 

"Me miró y me dijo: "siéntate aquí conmigo, hace un día increíble". Le hice caso, claro que se lo hice. A un señor al sol con sombrero y una copa de vino siempre hay que hacerle caso, y más cuando es tu padre.


Me sirvió vino, había plantas a nuestro alrededor y pájaros que venían a visitarnos, como si quisieran entrar en nuestra conversación.


Hablábamos lento, las gotas del vino bajaban lentamente por el fino vidrio de la copa hasta volver al grueso del líquido tinto.

En la mesa, su periódico plegado por la mitad se movía lentamente por el juego del viento, como si quisiera echar a volar.


La sombra que proyectaban los árboles que teníamos encima nos iba atrapando.


La vida iba despacio, la nuestra, no la de los demás, fuera había ruido, pero no aquí, era imposible, y aunque lo hubiera, no lo habríamos escuchado.


No es tanto el ruido que haya fuera, sino la cuenta que le echas.


Me contaba historias de su juventud, su época rebelde viviendo en París, su primera novia, cuando conquistó a mi madre, el día en el que yo nací... Y así, iba pasando una historia tras otra por delante de mis ojos mientras el sol, a lo lejos, empezaba a irse, despacio, como nuestra charla. Él, como las personas sabias, que nunca tienen prisa, se tomó su tiempo para irse del todo. Duró lo que tenía que durar.


El sol se fue y mi padre y yo entramos en casa, le di las gracias, a lo que me contestó:


¿Gracias por qué? Para eso están los ratitos al sol"


Adolphe Monet reading in the garden - Monet, 1867





















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