Un simple viaje en coche.

Tememos a la soledad como quien teme a la oscuridad cuando niño, parece que nos educaron para la vida en pareja, en comunidad, en conjunto. Al solitario, al que le gusta dar un par de pasos al lado cada cierto tiempo se le mira con recelo. Automáticamente se pregunta al de al lado: Oye, ¿a este qué le pasa?


He intentado ir aprendiendo multitud de cosas en mi vida, unas más útiles que otras, desde las raíces cuadradas, saber si esto es complemento directo o indirecto, hasta tratar de entender -preguntarle a mi padre- cosas que para el resto del mundo tienen poco sentido, pero que él, como físico, entiende y explica a la perfección, dando honor a su vocación de profesor ya jubilado.


De hecho, una de las cosas que más me obsesiona a día de hoy y de las que más orgulloso me siento de mi yo actual, es que quiero seguir aprendiendo algo todos los días. Conforme me he ido alejando más de mi etapa de aprendizaje mi sed de conocimiento ha ido creciendo más y más.


De todas las cosas que he aprendido, sin duda a la que mayor rédito le he sacado -o intento sacar- es a saber estar solo, a saber dar de vez en cuando un par de pasitos al lado, huyendo de lo que no me está haciendo bien.


A Ana y a mí nos encanta viajar en coche juntos, es una pasión compartida. A mí me gusta viajar con ella y a ella conmigo. Nos microenfadamos porque nos pasamos la salida y yo se lo dije, ella se ríe cuando yo desespero de las horas dentro de ese habitáculo y empiezo a hacer el tonto. Escuchamos a Jaime Rodríguez de Santiago en Kaizen, su maravilloso podcast. Cantamos a viva voz con Leiva o con nuestra Charo de Quique González, y también pasamos largos minutos en silencio. Cada uno con sus pensamientos, sus cosas, pero uno al lado del otro.


Y qué más da, si la cuestión es estar juntos.


Hubo un tiempo, en uno de nuestros miles de viaje Sevilla-Madrid, que nos dio por adivinar las capitales del mundo, nos reíamos y aprendíamos a partes iguales. Me gustaría contarles a nuestros futuros hijos como su madre y yo pasábamos largas horas en el coche una semana sí y otra también.


En ocasiones, esto pasa en los viajes y cuando tenemos ambos un café en la mano, hablamos de cosas que tratan de ahondar un poco en la vida del otro. En ponerte las gafas de bucear, e intentar saber qué hay en lo más profundo de la persona con la que pasas tanto tiempo al lado. Porque yo soy de esos que espera que el/la de enfrente nunca deje de enseñarte cosas. Nos aseguraremos el futuro, la felicidad eterna, si tenemos una vida rodeada de gente que no deja de sorprenderte. Huir de lo llano, lo monótono.


Me preguntó Ana una vez qué pediría yo en un amigo. Estuve un par de segundos reflexionando y automáticamente dije algo sin pensar, pero que ha sido lo más cuerdo que he dicho en mi vida. Aun pienso que no lo dije yo, sino, como dice a veces Juan Amodeo en sus maravillosos monólogos, la personita que tenemos dentro.


La respuesta que di tiene poco de glamurosa, pero mucho de utilidad, al menos para la vida que quiero tener. De hecho, extrapolo la respuesta más allá de mis amigos, le cargo esa responsabilidad a toda persona que me rodea.


Flexibilidad.


Probablemente, Ana, al escuchar mi respuesta se preguntaría si estaba contestando a su pregunta o diciendo palabras aleatorias en voz alta.


¿Flexibilidad?


Flexibilidad.


Me gustan los amigos, las personas en general, que son flexibles. La versión glamurosa es empáticas. Saber entender qué necesita la persona que tienes al lado. Si necesita estar solo, acompañado, echarse unas risas, unas cervezas o que le dejes en paz.


A priori creo que todos pensamos que es fácil, pero si reflexionamos un poco veremos como no es tan sencillo. Me parece uno de los ejes de una buena y sana amistad así como de la vida en pareja. Entender que una persona pasa por un momento determinado y hay cosas que sí y otras que no. ¿Cuántas parejas te vienen a la mente de las que piensas qué hacen juntos? No a todas, pero seguramente a muchas, si tuvieran algo más de empatía, de flexibilidad les iría mejor. Pero no juntos, quizás esa empatía, esa flexibilidad les haría entender que eso no es lo que necesitan y que es el momento de dar un pasito al lado. De estar un tiempo solos.


Yo quiero alguien que sepa que si no quiero estar en la calle por muy buen día que haga, lo acepte y me diga que ya la próxima será mejor. Quiero que me deje estar solo si eso es lo que me hace falta y que me haga compañía cuando ha llegado el momento.


Me recuerda a cuando en Friends, los más fanáticos sabréis a qué capitulo me refiero, Phoebe y Joey quedan para hablar sobre sus amigos. Según ellos, nada ni nadie puede hacer que falten a esa cita, pero Joey no se presenta porque le surgió un ligue. Phoebe se enfada mucho con el bueno de Joey por no asistir pero se reconcilian. Al día siguiente, vuelven a quedar, y pasa lo contrario, Phoebe se encuentra a un ex amor, David, quién le propone salir esa misma noche que ella ha quedado con Joey. Phoebe planea ir a su cita con Joey y rápidamente irse con David. Joey se entera, lo hace todo lento para que eso no pase, en venganza por el sermón recibido la noche anterior. Phoebe se enfada y se va, dejando plantado a Joey. Cuando Joey vuelve a Central Perk, ve a Phoebe destrozada, llorando, porque David se marcha de nuevo a Minsk, y él lejos de enfadarse tiene la empatía suficiente para entender que hay veces que hay cosas más importantes que lo que nosotros pensamos que es la verdad absoluta.





Todos somos complejos, difíciles y por momentos insoportables, con algo dentro que solo nosotros entendemos, nadie más. Soy de los que piensa que no necesitamos a nadie en la vida, pero, sin embargo, estar con alguien que te sepa leer, escuchar, observar y entender es lo mejor que te puede pasar, no hay comparación. Porque, seguramente, ese alguien, sabrá enseñarte a estar solo cuando lo necesites, pero siempre acompañado.


Y esa maravillosa contradicción es el eje de todo.


Por eso es fundamental elegir bien quien va a ir a tu lado en los largos viajes en carretera.

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